Mis inicios campestres
Hoy me he decidido a dejar negro sobre blanco todo aquello que mi memoria se niega a fijar relacionado con mis experiencias y aprendizajes sobre el campo. Cuando se lo cuente a mi padre no va a dar crédito. Que haya creado un blog para dejar patente mi cariño al campo, yo, que de niño siempre había huído de él, que cada vez que mi padre decía "vamos al campo" se me descomponía el cuerpo y me entraba un no sé qué qué sé yo que lo único que se me pasaba por la cabeza era saber a qué hora acabaría aquella tortura. Claro, se trataba de trabajar en el campo y no precisamente en un ambiente bucólico.
Ahora lo veo con otros ojos, o digamos que lo que me interesa es el otro campo, el silvestre no el domesticado. Pero si aprendí de mi progenitor a conocer todos los cultivos de la Vega de Granada, de donde es mi querido pueblo Huétor Tájar y cuál era su ciclo de vida, desde la siembra hasta la recolección: cebollas, trigo, maiz, melones, sandías, espárragos, aceituna, lechugas, papas y puede que me deje alguno más. Pero después estaban las "malas hierbas" que eran como los antihéroes contra los que había que luchar con las manos, el almocafre o las máquinas de herbicida. Y en ellas nos podíamos encontrar el carrizo, la grama, la castañuela, la corregüela, la verdolaga o el moco pavo. He de confesar que de entre estas la que me daba más satisfacción al quitarla era esta última porque cuando sacabas de raíz alguna que tuviera gran porte, era como si hubieses conseguido un trofeo.
Pues ahora resulta que después de mi última experiencia verde, al moco pavo se la conoce también como bledo, que a más de uno le sonará por aquello de: a mi me importa un... Y además dicho yerbajo tiene cualidades nutritivas que lo convierten en una de las plantas más interesantes que nos podamos encontrar en los alrededores. Paradoja vital.

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